Y véanme aquí, escribiendo nuevamente sobre el miedo, sintiéndolo. Es que, a veces siento miedo. En ciertas ocasiones. Cada cierto
tiempo…
Provocado, imaginado, inducido por no sé qué cosa. Sólo aparece allí de
repente. Un día. Cualquier día.
Ese miedo que empieza como una extraña sensación que no se reconoce pero que
surge ahí, justo donde surgen todas las sensaciones. No en el estómago como
sucede con la ira, sino en esa parte del pecho, exactamente en el centro, donde
se siente todo: la tristeza, la alegría, el amor, el abandono, el desamor, la
paz, la soledad… el miedo.
Desde que surge, incomodo. Algo en ésto es extraño, diferente. Empieza como
algo imperceptible apenas y va creciendo poco a poco, como crece la noche,
desde el crepúsculo hasta la completa oscuridad. Como crece un árbol desde la
semilla, lentamente, rama por rama, hoja por hoja hasta cubrirlo todo.
Se instala a sus anchas, cómodamente. Se esparce en todo el cuerpo sin que yo
pueda hacer nada. O tal vez no quiera. Es como ese dolor que nos provoca el
limpiarnos los oídos profundamente y que casi todos disfrutamos con esa tan
nuestra, pequeña o gran parte de masoquista que tenemos escondida.
Lo siento ya dentro de mí. Apoderarse de mis pensamientos, de mi tiempo, de mi
voluntad, de todo. Todavía no sé a qué le temo aunque con el pasar de las horas
todo se aclara. Le temo al futuro, a lo que hice, a lo que no he hecho aún, a
lo que no tengo, a lo que anhelo, a la enfermedad, a la vida, a la muerte… al
miedo.
Siento miedo a sentir miedo; miedo a no sentirlo y convertirme en otra cosa,
insensible y dura. Me convenzo entonces de que sentirlo no me hace daño. Lo acepto
como a un viejo conocido, como parte de lo que tengo que vivir, como algo de lo
que tengo que aprender. El miedo me hace más fuerte, me mantiene alerta… me
enseña. Deja de ser ese miedo frío que adormece para convertirse en ese miedo
que me hace reflexionar. Reflexionar en eso que no quiero ser.
A veces siento miedo… solo a veces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario